Si hay unos culpables de mi obsesión actual por la repostería, esos son los cupcakes. Antes de empezar a hornearlos de forma habitual ya conocía de su existencia (Sexo en Nueva York, anyone?), y salvo algún intento poco exitoso, nunca me habían llamado excesivamente la atención. Eso, hasta que hace un par de navidades, y a raíz de que aquí se empezaran a poner de moda, empecé a leer varios blogs de repostería creativa y me entró la fiebre por probar la mayoría de las recetas que caían en mis manos. Desde entonces, mi afición a los cupcakes (y a todo tipo de dulces) ha ido en aumento, hasta el punto de crear este blog para así tener excusa y poder probar recetas nuevas habitualmente sin sentirme culpable por ello.
Como ya sabréis (y si no lo sabéis es que habéis pasado los últimos años metidos en una cueva), los cupcakes son pequeños bizcochos horneados individualmente en cápsulas de papel y decorados habitualmente con crema de mantequilla. Si hay algo que me saca de mis casillas es cuando se desprecian estos dulces diciendo "bah, si sólo son magdalenas", porque un cupcake NO ES UNA MAGDALENA. Ni la receta es igual, ni la forma de prepararlos es la misma y ni la textura de una y otra se parece. De lo poco que tienen en común es que las dos están envueltas en un cápsula de papel. Y ya. Y eso por no hablar de los muffins, que tampoco son ni cupcakes ni magdalenas, aunque muchos se empeñen en meterlo todo en el mismo saco. Y no sigo con el tema que me enciendo.